19 de mayo de 2011

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Momentos literarios: GhostGirl III Loca por amor






Memento mori.

Hay quienes viven cada día como si del último de su vida se tratase. Los hay que contemplan el amor de modo similar, en un intento desesperado por eludir aquellos cambios, sean éstos ínfimos o bien descomunales, que en todo momento se ciernen sobre cada uno de nuestros horizontes. Pero el sentimiento de apremio que surge de nuestro deseo de experimentar la vida y el amor al máximo puede precipitar la toma de determinadas decisiones, que no siempre resultan las más idóneas para quien las toma, no para aquellos a quienes afectan, todo hay que decirlo. Es más, en ocasiones, enfrentarse a las consecuencias de las elecciones de cada uno puede resultar fatal, más incluso que la muerte. Tal vez sólo se viva una vez, pero no siempre tiene uno por qué desear sentir esa vida como eterna.





A veces tienes que ir por tu cuenta.

Quien no arriesga no gana. Como un kamikaze, hay ocasiones en que no queda más remedio que renunciar a la vida que conoces por un fin más noble. El precio puede ser muy elevado, para tu corazón, alma y reputación. El resultado puede merecer o no la pena, imposible saberlo, y en realidad es irrelevante. Porque lo que le reconforta a uno, en definitiva, es tener la certeza de que hay cosas por las que merece la pena hacer un sacrificio.






Quedarse con el cambio.

Aferrarse a alguien a sabiendas de que debes dejarle ir es una forma de aplazar lo inevitable para ellos, y también para ti. Te permite posporner el llevar a cado esa transición que estás a punto de imponer hasta que estás preparado. Al igual que cuando cancelas la visita de un huésped a quien hace tiempo deseabas ver, pero para la cual nunca tuviste ocasión de disponer lo necesario, se trata de la salida más conveniente y fácil... para ti.




Yo contra yo.

A menudo nos distrae de tal modo la guerra interna entre lo que deseamos hacer y lo que debemos hacer que pasamos por alto lo que necesitamos hacer. Necesitar no en el sentido de obligación para con los demás, sino en el sentido de conservar uno la cordura. Llega un momento en el que lo que los demás opinan que deberíamos hacer entra en conflicto directo con lo que nuestra cabeza o nuestro corazón nos pide hacer, y es entonces cuando debemos decidir si nuestra prioridad es complacer a los demás o complacernos a nosotros mismos.



Oportunidad perdida

No se echa en falta lo que nunca se ha tenido, pero echamos mucho de menos lo que tuvimos a nuestro alcance. Y lo que más echamos de menos es lo que teníamos. Aunque esperamos y rezamos porque nuestras relaciones, nuestro aspecto y nuestra vida mejoren, cuanto más se tiene más es lo que se puede perder.


Estado crítico.

Del mismo modo que nos vuelve ciegos a las imperfecciones de los demás, el amor magnifica también las que detectamos en nosotros mismos. Pero si esto es cierto, entonces también lo ha de ser lo contrario. Podemos consolarnos pensando que nuestras faltas serán invisibles para quienes nos aman. el éxito o fracaso de toda relación no depende solamente de lo que uno siente por el otro, sino de lo que uno hace que el otro sientra hacia uno mismo.




Loca por amor.

En lugar de curar, el amor puede dañar también, desencadenando una pandemia de emociones debilitadoras que nos transforman en una persona a quien apenas reconocemos y que se cobra aquello que deseamos con tanta desesperación. Los brotes repentinos de inseguridad, celos, obsesión o temor, sin más, son factores que pueden contribuir a nuestro dolor. Y, si bien los síntomas del mal de amor pueden ser muchos, todos comparten una única causa y una única cura: tú.


Secundo esa emulsión.

En ocasiones son las cosas que nos rodean las que más nos cuesta ver, sobre todo el amor. De manera semejante a las partículas de polvo suspendidas en un rayo de sol, el amor permanece invisible a nuestros sentidos hasta que algo lo ilumina. cuando nuestros corazones son incapaces de ver con claridad, el amor crea su propio efecto Tyndall y nos ayuda a arrojar una luz sobre lo que siempre está ahí, incluso en nuestros momentos más aciagos.



Me quiere, no me quiere.

Si quienes fueron amantes siguen siendo amigos, o todavía están enamorados o bien es que nunca lo estuvieron. Nos sentimos atraídos hacia otras personas por razones de toda índole; con todo, la mente humana puede, en ocasiones, calificar los sentimientos de románticos por no hallarles otro sentido en un momento determinado. La verdad es que cabe la posibilidad de que las personas hacia las que más nos sentimos atraídas puedan o no estar ahí con fines amorosos sino, antes al contrario, ser presencias capaces de infundir cambios, alteraciones en nuestra vida, que se nos presentan por el cambio por razones que todavía no alcanzamos a comprender.



Todos caemos.

Se dice que caes en las redes del amor por algo. Como una piel de plátano de una de esas películas mudas, el amor puede hacerte resbalar y caer de culo cuando menos te lo esperas. Entonces, o bien te levantas de un brinco, impertérrito, o bien te quedas paralizado. Sea como fuere, ya siempre llevarás ese recuerdo contigo. El futuro dirá si es una pequeña cicatriz o una lesión permanente lo que te deja.


Ni mucho menos más sabia.

La sabiduría está sobrevalorada. Enemiga acérrima del exceso y la precipitación, se nos presenta como la llave que nos abrirá las puertas de cuanto es verdad, correcto y equilibrado. Sin la intemperancia ni la impulsividad, no obstante, resultaría del todo innecesaria y, de hecho, sólo se adquiere a partir del comportamiento errático. tanto es así que, si aspiras a ser sabio algún día, es indispensable pasarse la vida haciendo estupideces.


Complejo de superioridad.

Las malas noticias son buenas noticias. Pocas cosas hay que nos satisfagan tanto como la humillación de aquellos a quienes detestamos, o admiramos, o a quienes incluso ni tan siguiera conocemos. Devoramos la noticia igual que la escandalosa crónica de un tabloide, una fotografía "sin maquillaje" o incluso un nimio cotilleo local. Nada vende tanto como el fracaso.


Con las suposiciones muere toda relación.

Si piensas que sabes lo que sucede en la cabeza del otro, piénsalo de nuevo. creemos que el amor nos otorga el poder de leer la mente del otro, cuando en realidad lo único que hacemos es leernos la nuestra. Qué duda cabe de que constituye un excelente mecanismo de defensa, si bien no puede reemplazar a la comunicación real. La mejor forma de saber lo que de verdad sucede en la cabeza del otro es también la más arriesgada: preguntárselo a él.



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